Volví a Verona, y de Verona volví a Zaragoza. Como hago siempre. Como siempre haré. Me gustó reencontrarme con pedacitos de mi vida esparcidos por las plazas y las osterie veronese, volver a beber el vino de la Valpolicella, volver a comer pizza de verdad y volver a montar en bici de noche por sus calles. No me gusto reencontrarme con el humedo frio del Norte de Italia, con la extraña doble moral de sus habitantes ni con la falta de luz que hace que eche de menos mi ciudad de siempre cada vez que cojo el avión para cruzar, primero los Pirineos y despues los Alpes.
PD: Ya estoy convencido, en cuanto vuelva a ver el escarabajo gris en mis narices le endosaré esa maldita nota a la niña Wolswagen classic. Lo tengo decidido.